Esta escena del libro transcurre cuando la señorita Bingley celosa por la inclinación que sentía el señor Darcy, decide invitar a Elizabeth a pasear por la habitación junto a ella, consciente que de esa manera obtendría el interés del caballero.
Es este dialogo uno de mis preferidos, no solo porque es un cruce de palabras ingenioso, sino porque Darcy y Lizzy mencionan los defectos del otro, que luego se irán intensificando, al transcurrir la historia.
Elizabeth hace mención del orgullo de Darcy y el caballero del prejuicio de la joven, es por eso que creo que es una de las escenas que nos revela el defecto de cada uno. Aunque en mi opinión ambos poseen orgullo y prejuicio, pero de diferente manera.
– ¡Que no podemos reírnos del señor Darcy! – Exclamó Elizabeth–. Es un privilegio muy extraño, y espero que siga siendo extraño, no me gustaría tener muchos conocidos así. Me encanta reírme.
– La señorita Bingley –respondió Darcy–me ha dado más importancia de la que merezco. El más sabio y mejor de los hombres o la más sabia y mejor de las acciones, pueden ser ridículos a los ojos de una persona que no piensa en esta vida más que en reírse.
– Estoy de acuerdo –respondió Elizabeth–hay gente así, pero creo que yo no estoy entre ellos. Espero que nunca llegue a ridiculizar lo que es bueno o sabio. Las insensateces, las tonterías, los caprichos y las inconsecuencias son las cosas que verdaderamente me divierten, lo confieso, y me río de ellas siempre que puedo. Pero supongo que éstas son las cosas de las que usted carece.
– Quizá no sea posible para nadie, pero yo he pasado la vida esforzándome para evitar estas debilidades que exponen al ridículo a cualquier persona inteligente.
Como la vanidad y el orgullo, por ejemplo.
– Sí, en efecto, la vanidad es un defecto. Pero el orgullo, en caso de personas de inteligencia superior, creo que es válido.
Elizabeth tuvo que volverse para disimular una sonrisa.
– Supongo que habrá acabado de examinar al señor Darcy –dijo la señorita Bingley y le ruego que me diga qué ha sacado en conclusión.
– Estoy plenamente convencida de que el señor Darcy no tiene defectos. Él mismo lo reconoce claramente.
– No –dijo Darcy–, no he pretendido decir eso. Tengo muchos defectos, pero no tienen que ver con la inteligencia. De mi carácter no me atrevo a responder; soy demasiado intransigente, en realidad, demasiado intransigente para lo que a la gente le conviene. No puedo olvidar tan pronto como debería las insensateces y los vicios ajenos, ni las ofensas que contra mí se hacen. Mis sentimientos no se borran por muchos esfuerzos que se hagan para cambiarlos. Quizá se me pueda acusar de rencoroso. Cuando pierdo la buena opinión que tengo sobre alguien, es para siempre.
– Ése es realmente un defecto–replicó Elizabeth–. El rencor implacable es verdaderamente una sombra en un carácter. Pero ha elegido usted muy bien su defecto. No puedo reírme de él. Por mi parte, está usted a salvo.
– Creo que en todo individuo hay cierta tendencia a un determinado mal, a un defecto innato, que ni siquiera la mejor educación puede vencer.
– Y ese defecto es la propensión a odiar a todo el mundo.
– Y el suyo respondió él con una sonrisa– es el interpretar mal a todo el mundo intencionadamente.